domingo, 18 de septiembre de 2011

Caigo. No sé cuánto tiempo llevo así, he perdido toda noción de tiempo y espacio, y la única realidad que me rodea y que puedo considerar cierta es ésa. Me hundo en un abismo profundo. Más que el mar oscuro, más que el universo infinito, más profundo aún que tu mirada. Ah, sí, tu mirada, pecado y salvación al mismo tiempo, que me arrastra hacia ti con inusitada fuerza, como si tuvieses tu propia gravedad, atrayente, única. Y mientras caigo, te recuerdo, y me acuerdo de ti, y te imagino a mi lado reconfortándome mientras me precipito hacia el fondo de este oscuro pozo. Me pregunto cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que vi esos ojos, esa boca; pues parecen estar ahora a millones de años luz de mí. Me hundo en mi propia desdicha y en la negrura de mis pensamientos mientras caigo sin parar. Desearía que estuvieras aquí conmigo, pero eso ya no es posible, pues te has convertido en una sombra fría y húmeda de mi pasado. Ahora sólo existes en mi cabeza, y ni siquiera a ella le queda nada por lo que vivir. Seremos sólo un pensamiento de un cerebro que se estampa contra el duro suelo de la calle, y nadie nunca recordará tu nombre, ni el mío. Ya no puedo recuperarte, y por eso ahora el suelo se encuentra más cerca que nunca de mí. Ni siquiera en mi caída te olvido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario