viernes, 27 de abril de 2012

Primera victoria

Se levanta por la mañana con miedo, intentando no hacer ruido para no despertarle. Limpia un poco la casa y le prepara el desayuno, un café solo, amargo y negro como su pelo azabache; como siempre. Se quita el pijama y se mira al espejo de cuerpo entero que hay en el hall, regalo de su hermana el día de su boda. Se revisa cada rincón de la piel, en busca de marcas oscuras en su cuerpo que puedan dejar al descubierto lo que ocurre cada noche en aquel piso. Había aprendido a llorar sin hacer ruido para no molestar a los vecinos, no podía permitir que se enterasen. Aguantaría mientras pudiera aguantar, ella sola, sin ayuda de nadie, porque ella sola se había metido en aquello y sola tenía que cargar. El espejo le enseña una imagen de algo difícil de identificar como humano. Una figura encorvada, esquelética y consumida, la tez pálida con toques de oliva, los ojos hundidos, los labios blancos y resecos como los de los cadáveres, las costillas marcadas en sus costados. Lo único que queda de aquella muchacha que hace tiempo había sido son sus blanquísimos dientes, aunque nadie puede verlos, pues ya nunca sonríe. Cuando se asegura de que ninguna parte de la piel que pone al descubierto está mancillada, se da una larga ducha caliente. Frota su cuerpo dolorido con la esponja mientras fantasea con algo mejor que aquello, algo inalcanzable. Sale de la ducha, se seca con una toalla vieja que trajeron como recuerdo de su luna de miel a Italia y se viste. Siempre colores apagados, pero hoy no, hoy es diferente. Coge una blusa algo escotada con estampado floral y una falda para recuperar algo de su feminidad hace tiempo perdida. Mientras ella desayuna, él se levanta. Aparece por la puerta con un pijama sucio y viejo, sin afeitar y oliendo a sudor y a colonia barata, cosa que antes la ponía enferma, aunque ahora ha conseguido acostumbrarse. Él se tumba en el sofá sin dar los buenos días. Encuentra su desayuno sobre la mesa y se acerca la taza de café a los labios, pero está hirviendo y suelta una maldición. Empieza a gritarle. Ella no le mira, no reacciona, nada. Aumenta la ira de él. Crece la calma de ella, que se levanta pausadamente para peinarse e ir a trabajar. Él la sigue hasta el baño gritando e insultándola. Hoy me dejaré el pelo suelto, piensa ella. Él alcanza el límite, la coge del cuello y aprieta. Ella lo mira con expresión altiva, como la del rey que sabe que los demás están a su servicio, y acerca su mano a la cara de él. Primero lo acaricia, cosa que hace que afloje su presa, después clava sus uñas en la carne con toda la fuerza de la que dispone. Corre, pero sin gritar ni hacer ningún ruido. Quizá su delgadez extrema la ayuda en eso. Le duelen las piernas, los golpes de la noche anterior le están pasando factura, pero no se detiene hasta llegar a la cocina. Coge el cuchillo de cortar el jamón y le apunta con él cuando se acerca, sin decir ni una palabra, sin llorar, sin gritar, sin miedo. Él sigue aproximándose y ella cada vez estira más el brazo con el que sujeta el cuchillo. Suéltalo, sabes que no eres capaz, dice él. Ella hace amago de acercarse, pero él no retrocede, la está arrinconando contra la ventana. En un último intento desesperado, lanza el cuchillo hacia él, que lo esquiva, pero igual que ella, él no es el hombre ágil de antaño. Antes de que le dé tiempo de levantarse, ella estampa su cabeza contra el suelo, dejándolo inconsciente. Le quedan marcas rojas en el cuello y de la nariz de él sale un reguero de sangre. Muy poca, en comparación con la que he perdido yo todo este tiempo, comenta ella ante el cuerpo sin sentido de su marido. Llama a la policía, y cuando recogen el cuerpo de él, esposándolo aunque sigue inconsciente, sonríe por primera vez en mucho tiempo. Se pone unos zapatos, vuelve a peinarse y sale a la calle en dirección a su trabajo. Camina serena, en su cara la expresión de aquella que sabe que taladra las aceras con sus tacones, atrayendo miradas. Le gusta, ahora que sabe que puede hacerlo sin miedo. Una inyección de adrenalina recorre sus venas y llena sus pulmones de aire nuevo. Respira y disfruta, como si fuera el primer aliento de aire que toma en su vida.

1 comentario:

  1. Se te corta la respiración, dejas de leer, das una vuelta y vuelves. Cuesta leerlo del tirón, porque es un tema muy duro y tu lo cuentas de una forma muy real.

    Genial el relato, aunque ojalá nunca hubiese hecho falta tener que escribir sobre el tema. Ojalá todas las mujeres sean tan valientes como tu chica.

    Felicidades

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