Despertó en mitad de la oscuridad inquieta, sudando y jadeando. Le ocurría casi todas las noches de sus 13 años de vida desde que tenía conciencia, ya no le extrañaba. Cada vez que se metía en la cama lo hacía con el miedo de que él volviera a entrar a su cuarto con ansia de desahogarse. De repente escuchó abrirse la puerta de entrada, y en su carne lo sintió como si fueran las campanas del infierno. Fingió estar dormida. Escuchó sus pasos por el pasillo mientras se encogía de miedo con la piel de gallina. Oyó cerrarse la puerta del otro dormitorio y suspiró tranquila. Se escuchaban los gritos de sus padres discutiendo, amortiguados por las paredes. Casi todas las noches igual. Su padre cruzó la puerta del dormitorio de matrimonio, atravesó el pasillo y entró al suyo. Ya no había nada que hacer. Siguió haciéndose la dormida mientras él se quitaba los pantalones y se bajaba los calzoncillos. Tiró de las sábanas y ella quedó indefensa una vez más. Le levantó la camiseta dejando al descubierto sus pequeños pechos, y luego le quitó el pantalón del pijama. La visión de sus tentadoras piernas desnudas le excitó más aún, y le arrancó violentamente la poca ropa que quedaba. Empezó. Ella ya se había acostumbrado, aunue seguía dándole asco. Cuando aquello ocurría se dedicaba a mirar al techo y a pensar en cualquier cosa que no fuera aquello. Su mente viajaba lejos, muy lejos de allí. Los jadeos de su padre le provocaban ganas de vomitar. Cuando terminó con ella, volvió a vestirla, la arropó y le besó la frente. Aquello fue demasiado. Ella esperó a que él saliera de la habitación y se levantó con las piernas doloridas. Cogió las tijeras que había estado usando esa misma tarde para recortar las fotos para su trabajo de Ciencias Naturales. Las agarró por el mango con fuerza. Comenzó a andar tras él sigilosamente con una expresión vacía en la cara. Se dirigió a su cuarto. Su madre se había quedado dormida llorando. Sin hacer ruido se escondió detrás de la puerta y esperó a que su padre entrara. Justo en ese momento hincó las tijeras en su nuca. Hasta el fondo, igual que él un rato antes. Se desplomó en el suelo, como el peso muerto que era. Sacó las tijeras y empezó a brotar la sangre como si de una fuente se tratase. Le salpicó las manos. Lamió las manchas rojas. Lo dejó allí tirado en el suelo, muerto, y volvió a su cama. Se durmió abrazada al peluche que había tenido durante sus 13 largos años de vida, que pesaban como si fuesen el triple.
Tuve un blog, en el que escribía post de grandes victorias similares a la que tu has contado. NO te imaginas los debates que se formaban sobre "otras formas que no sean la venganza" había que tomar. Pues no, pues estoy totalmente feliz porque esta niña de 13 años ha terminado con su pesadilla, por fin pasará a tener otra vida, que aunque sea muy dura, seguro que sabrá salir adelante.
ResponderEliminarFelicidades una vez más.