sábado, 5 de mayo de 2012

Tercera victoria

Otra bomba más. El pobre chico se asustó, ésta había caído realmente cerca. Empezó a correr hasta llegar a su casa, que aunque no era el mejor refugio del mundo, sí que era el único lugar donde se sentía seguro. Cada día maldecía que su familia tuviese el dinero suficiente para enviarle a la escuela. Cada trayecto de ida y vuelta era como enfrentarse cara a cara a la muerte, o en este caso granadas y francotiradores. Qué más da el dinero, pensó, si en situaciones como estas todos podemos morir por igual. Todo aquello había empezado hace cinco años, cuando él tenía siete. Sus padres un día le habían dicho que desde aquel momento las cosas iban a cambiar mucho, que había empezado la guerra. Entonces no lo comprendió demasiado, pero ahora sí. Lo entendía muy bien. Un señor que no conocía había decidido arruinar su vida y la de millones de personas sin pensar en las consecuencias que tendría para las familias. Valiente cabrón. De todas formas aquel no era uno de los peores días, a veces ni siquiera podía salir a la calle. Cuando entró por la puerta de casa, escuchó ruidos. Pero no como los de los tanques de fuera, ruidos domésticos. Crujir de ropa, voces hablando, pasos. Encontró a sus padres en su cuarto preparando una maleta con su ropa y algo de dinero. No entendía nada. Cuando su madre lo vio, lo abrazó y empezó a llorar mucho. Él le delvolvió el abrazo. Su padre estaba de pie, mirándolo con expresión seria. Le pidió que se sentara en la cama con él para hablar. Lo hizo. Resonaron los muelles por todo el dormitorio. Y entonces empezó a hablar. Dijo algo de una frontera, unos soldados, un país, una vida mejor... Cuando escuchó esto último, el pobre chico no pudo seguir. Comenzó a fantasear mientras su padre continuaba moviendo los labios y emitiendo sonidos. Finalizó preguntándole si se atrevería a hacerlo. Respondió que sí sin dudar ni un instante. Salieron en ese mismo momento, aprovechando que era un día relativamente calmado. El viaje en su viejo coche se hizo interminable, pero al fin llegaron a la frontera con el país vecino, que se había mantenido neutral. Se mantuvieron a cierta distancia prudencial. Allí había un hombre de pie con la cara tapada que parecía estar esperándoles. Todo sería muy fácil si no estuvieran justo delante los soldados con sus armas cargadas y listas para disparar a cualquiera que quisiera pasar. Se asustó un poco, pero quiso seguir adelante. Le colocaron un vestido de mujer y una peluca, y bajo el vestido, a la altura de la barriga, cojines. Le dijeron que tenía que hacerse pasar por una chica a punto de dar a luz. Asintió. Salieron del coche. Se acercaron a los soldados. No escuchó nada de lo que hablaban con sus padres, estaba muy ocupado intentado actuar bien, jadeando y fingiendo contracciones. Todo tenía que salir bien, y así podrían ser felices los tres fuera de todo aquello. Estuvieron discutiendo mucho rato. Su madre volvió a llorar. Aquello pareció ablandar a los soldados, y le dejaron pasar. No podía creerlo. Comenzó a andar, pero se dio cuenta de que sus padres no le seguían. Se quedaban al otro lado. Les preguntó qué hacían. Le dijeron que ellos no podían ir, que tenía que ir solo "ella", que era por su bien, que ya sabían que tenían que enfrentarse a eso cuando lo decidieron. Contestó que nadie le había preguntado su opinión sobre ir "sola". Los soldados lo empujaron. Ya no podía echarse atrás, así que decidió ser valiente. Miró a sus padres una última vez para preguntarles qué pensaban hacer ellos. Su padre dijo que se arreglarían y le enviarían dinero cuando pudieran. Decidió ser valiente. Siguió caminando con la cabeza alta hasta llegar a aquel hombre con la cara tapada. Escuchó un grito de su madre que le heló la sangre y después un golpe. Se había desmayado, seguro. No quiso verla. Siguió andando, había decidido ser valiente. De todas formas aquello solo podía ir a mejor.

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